domingo, enero 29, 2006

Kurosawa censurado

"Los hombres que caminan sobre la cola del tigre" (1945), de Akira Kurosawa.

Parece ser que a los norteamericanos no les gustó mucho que, poco antes de su entrada en Japón, Kurosawa rodara esta pacifista película de aventuras donde la única manera de superar las adversidades es destruir las jerarquías sociales y apostar por el ingenio en lugar de la lucha.
No es éste uno de los grandes films de Kurosawa, si bien resulta muy interesante de ver (más para los que, como yo, tienen al autor japonés en un altar) y sumamente divertido en sus escasossesenta minutos de duración.
La película narra la historia de un samurai fugitivo, que, junto a sus guardaespaldas, se disfraza de monje para poder pasar la frontera, custodiada por los hombres de un Señor enemigo, que es su propio hermano. Será un porteador, rechazado por los hombres al ser de una clase social inferior, quien les ayude y de información sobre su difícil situación.
A pesar de estar basada en una obra kabuki medieval, la película mantiene un montón de connotaciones políticas aludiendo a la situación japonesa (y mundial) del momento. En principio, se enuncia la supresión de las jerarquía medieval como único método de "victoria" en los objetivos de los personajes, y el camino de la inteligencia, del engaño, pero sobre todo, de evitar confrontamientos violentos y sangre derramada gratuitamente como la forma, quizás más complicada, pero al fin y al cabo la mejor para superar los peligros que la vida impone.
El film está dirigido magistralmente, y la historia está muy bien llevada, dividida en tres marcadas partes: el plan de los guerreros antes de llegar a la barrera, todo lo que en ésta sucede y la conclusión. De las tres, la más lograda es la segunda, donde Kurosawa demuestra su destreza para crear tensión y utilizar notablemente el montaje.
Sobre los personajes, cada uno de ellos representa una manera de hacer las cosas y una forma de pensar. Algunos apenas tienen protagonismo, pero los debates entre otros de ellos son importantes. Destaca, también, la visión del director sobre la importancia del compañerismo.
El porteador, interpretado por un actor cómico de la época (una especie de cantinflas japonés) le añade el toque humorístico a la obra, componiendo un personaje divertido pero a la vez esencial para el desarrollo de ésta.
Hay unas cuantas canciones que, sacadas directamente de la obra de kabuki original, ilustran los diferentes pasajes de la película, enriqueciendo el visionado del film.
En resumen, una película entretenida, amena, bien filmada, narrada y ciertamente profunda. No es de lo mejor de Kurosawa, pero su visionado resulta muy agradable.

lunes, enero 23, 2006

ARCADES

La semana pasada, aparte de ocurrirme una tronchante anécdota, me di cuenta del condenado progreso en su mas inocente faceta. Había entrado a un Eroski, del cual no recordaba la última vez que estuve allí, bueno, miento, fue hace casi cuatro años, en una excursión del instituto. Y por impulso casi instintivo, subí las escaleras a la zona de arcades, a ver si aun estaba allí una maquina concreta que en otro tiempo se llevo buena parte de mi capital, pero, herr gott, maldito sea el devenir eterno, ya no estaba allí. En su lugar habían puesto otra maquina de colosal pantalla con cuadro rifles de asalto parecidos al antiguo L1A1 britanico, listos para ser empuñados, donde el jugador adopta el papel de un maldito jarhead de los benditos EEUU luchando en el desierto, y la maquina no se privaba de parafernalia belicosera al autopresentarse como juego realista y de entrenamiento. Aquella noche reflexionando en la cama me entro una tristeza nostálgica recordando los felices ratos que pasaba con aquella maquina, cuando era un crío de nueve o diez años que siempre que iba al cine se lo gastaba todo en ella, y así era siempre, yo crecía pero la maquina seguía allí, siempre recibiendo mi dinero y mi deseo de apretar el gatillo y empezar a desencadenar un infierno de caos urbano, plomo, explosiones y cascotes en la Gran Manzana. Y aquel día volví y había sido sustituida por un infernal aparato de la propaganda norteamericana, malditos bastardos, pensé, que hasta en estos rincones de evasión introducen sus pútridos apéndices para hacernos recordar hasta el final quien lleva las riendas de la política mundial. Y recordaba el argumento de mi añorada maquina, la premisa era sencilla: una banda de cyborgs terroristas había sembrado el terror en Nueva York, y dos artilleros se subían a un helicóptero a empuñar las ametralladoras de las góndolas laterales, despegaban de un portaaviones rumbo a la ciudad, y hala, comenzaba el festín, para el cual el jugador se servia de dos enormes y relucientes ametralladoras orientables, que incluso tenían marcado el calibre, 12,75 mm creo recordar. Yo, un pequeño crio empuñando una enorme ametralladora, disfrutando al sentir el retroceso en mi brazo y contemplando el espectáculo que tenia ante mi, era genial, evasivo, alienante, sencillamente hermoso. Y recordar todo esto me hizo añorar de verdad las antiguas salas de arcades, al contemplar estos insipidos y asepticos cibercafes actuales, con los individuos sentados inmóviles con la mirada clavada en el monitor y los cascos tapando sus oídos, garantizando el silencio en el lugar, no sea que vayan a molestar al prójimo, escenas que parecen un plagio cutre de THX 1138. Entonces empecé a recordar la antigua sala de arcades a la que acudía cada sábado, lloviera o nevase, con la misma devoción del cristiano que camina a su iglesia, acariciando las 300 pelas reglamentarias de mi bolsillo, deseando convertirlas en monedas de 25 con las que alimentar mis ansias de diversión. Hace años que fue cerrada. Era grande, con un vestíbulo de madera añeja y un mostrador algo apolillado, cubierto de juguetes baratos y un enorme muestrario de marranadas, desde bolsas a perritos calientes, los cuales no tendrían nada que envidiar en insalubridad a los de Apu, puesto custodiado siempre por un hombre de gafas con cara poco agradable, que nunca llegue a conocer, ni siquiera su nombre, y sinceramente, poco me importaba. Justo delante cinco escalones de descolorida balaustrada, y a su termino la sala con una veintena de maquinas, colocadas en los extremos de la sala, en perfecta formación como si recibieran una constante revista, y el resto guardando las columnas. La hora siempre era la misma, ocho de la tarde. Y el mismo ambiente de siempre, un ambiente que ahora añoro. Aquello era lo mas parecido a un trinchera que conoceré jamás, jugadores agitando los sticks de forma frenética, pulsando los botones con saña maniaca, blasfemando a cada triunfo o derrota, dando alguna patada esporádica a aquellas maquinas, que aguantaban los viajes, los golpes y el tiempo, recias como el infante ruso, algunos montones agolpados en una sola pantalla, muestra de que se alcazaba un punto inédito en la duración del juego, el crujido de las pipas a cada paso, el volumen subido de las maquinas hasta mezclarse todos los sonidos y melodías dotando el ambiente de un electrónico zipizape sonoro de incoherencia de imposible despiece, pero tan fácil de anular como acercarse a una maquina, que te rodeara de su musiquilla única, invitándote a salir del caos general y concentrarte solo en ella. Entonces le entregabas una moneda de 25 y te ofrecía su diversión, ya anticuada, pues era ya la era de los 32 bits, pero también sabia y llena de experiencia. Aquellos hermosos gráficos de 16 bits, que eran como un comic mainstream en movimiento. Videojuegos sencillos, de unos argumentos ingenuos, infantiles, eran los inocentes comienzos, cuando un juego aceptaba su condición de juego y no de obra maestra. Aventuras de una violencia light, sin sangre, sin realismo, una violencia ridícula, satírica en ocasiones. Muchos son los que recuerdo con cariño: Captain Commando, Cadillacs and Dinosaurs, World Heroes, Samurai Showdown, y por supuesto, aunque ya mas tardío, mi predilecto, el Metal Slug 2. La fortuna que gastaria en esa maquina, sin duda se convirtió en mi maquina intima. Segui jugando incluso después de acabarlo. Adoraba su detalladísimo grafismo, sus escenarios, su musica, pero sobre todo me volvia loco la imagineria de su maquinaria. Habia veces que tardaba mas tiempo en acabar con el mortero gigante del tercer nivel, solamente para oir el delicioso sonido de su enorme cañon GAU al disparar, o el infamemente divertido acorazado sobre orugas del cuarto nivel, que cuando se quedaba sin torretas extendía la proa y de su cubierta surgía un enorme obús que no dejaba de darte caza. Aquello era diversión, en su forma mas inocente, cuando una sala de arcades solamente ofrecía buenos ratos con juegos añejos y primerizos que aun conservaban el entusiasmo de los comienzos, cuando no habían alcanzado la madura sosez de hoy en dia, y mas aun, cuando eran demasiado sencillos como para convertirse una plataforma de propaganda para gobiernos sedientos de sembrar su influencia por todo el mundo. Y es que Marco ya tenia suficiente trabajo con las conspiraciones del ejercito de la cruz negra como para aliarse con los marines.

lunes, enero 16, 2006

Actualidad

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viernes, enero 06, 2006

La llave de cristal




Entre puros moteados de verde, réplicas agudamente cínicas, personajes moralmente ambiguos y crímenes significativamente sombríos se desarolla la que es quizás una de las mejores novelas negras jamás escritas, La llave de cristal, del maestro Dashiell Hamett.
Todo se desarrolla en un pueblo estadounidense que podría ser cualquiera (ninguna línea hay dedicada a su nombre) controlado por dos bandas de gangsters rivales, cada una de ellas apoyando a un candidato a senador. Nuestro protagonista es Ned Beaumont, un hombre de borroso pasado, leal amigo de Paul Madvig, el muñidor que apoya la candidatura de el Senador Henry, todo por poder conseguir la mano de su hija, Janet, de la cual se encuentra perdidamente enamorado.
El clima en la ciudad comienza a oscurecerse cuando Taylor Henry, hijo del senador apoyado por Madvig es asesinado, y todo acaba apuntando hacia la autoría del poderoso muñidor. A partir de ahí, Ned Beaumont investigará el crimen valiéndose de coacciones, mamporros, engaños, fingimientos y ante todo mucha astucia, confiando ciega (pero nunca ingenuamente) en la inocencia de su amigo.
La novela basa su desarrollo en los encuentros entre los diferentes personajes, en sus diálogos y reacciones, y de vez en cuando, en dosis de violencia y acciones despiadadas y éticamente más que discutibles narradas con el frío, escueto, directo y firme estilo de Hammett. Por momentos, uno olvida la trama policíaca, que no es más que un simple McGuffin, y centra su total atención en las personalidades y relaciones entre los distintos individuos que componen esta obra maestra.
El recorrido argumental le sirve al autor como excusa para hacer un retrato sombrío y altamente crítico de la vida política norteamericana, de las miserias del poder y su capacidad de corromper y autocorromperse, de la corrupción que recorre vertebralmente todos los recovecos de una sociedad pútridamente jerarquizada, controlada por fuerzas violentas al servicio de seres amorales y maquiavélicos. Verdaderamente, el fresco social que Hamett urde a lo largo de la novela no puede resultar mejor, gracias a personajes como el fiscal Farr, Shad O´Rory y su panda de matones vulgares o el propio senador Henry, un aristócrata despiadado, egoísta y materialista cuyo único interés es el triunfo en las reelecciones.
Más allá de esto, está el típico protagonista de Hammett. Ned Beaumont es un perdedor, bebedor y fumador habitual, un hombre asqueado de la sociedad en la que vive, intelectualmente superior a todos los miembros de esta. Sabe quién es quién, y sobre todo (quizás para su desgracia) quién es él (de ahí su cinismo), que no puede escapar de esa sociedad corrupta y corruptora, cuyo difuso y misterioso pasado yo interpreto como su deseo de perpetua huída de ese mundo hipócrita y doloroso, lo cual queda aclarado quizás en las últimas páginas del libro. A pesar de todo esto, dentro de la podredumbre en que se mueve, él conserva los valores de la lealtad y la bondad.
La otra cara de la moneda es Janet, hija del senador Henry y hermana de Taylor, que a lo largo de la novela se desengaña del mundo aparentemente perfecto y aristócrata en el que vive, dándosele a ver, finalmente, la verdadera sordidez que se oculta tras la engañosa superficie. Al principio, toma a Mavdig (su pretendiente) como enemigo y en él, como persona externa y ajena a su vida, centra la ira por la muerte de su hermano y la corrupción de su familia. Sólo que esto no es más que otro autoengaño que el desenlace de los acontecimientos derrumbará inevitablemente.
El título de la novela se presenta bastante misterioso, y su secreto es revelado en las últimas páginas del libro. Todo esto tiene que ver con un sueño alegórico de Janet en el que la llave de cristal se presenta, a mi parecer, como esa posibilidad de huída, como esa flor de esperanza, que abre puertas en cuyo interior están tanto la salvación como el horror, la tristeza, pero al hacerlo se parte dada su fragilidad, e imposibilita el encerrar en su interior o emboscar las dolencias, decepciones, miedos, pérdidas que salen irrevocablemente de ella en forma de serpientes.
La alegoría proporciona un halo poético al sentimiento de sus protagonistas, asu condena a la perpetua huída, su esperanzada pero prometidamente fracasada búsqueda de un mundo exento de los horrores de la vida, asegurando que toda alegría será pasajera, que la llave de cristal se romperá en la cerradura y no podrá evitar que las sediciosas víboras conviertan sus sonrisas en muecas de angustia y decepción.
En resumen: un libro magníficamente narrado, que engancha desde la primera página, con una trama policíaca tan simple como efectiva, diálogos admirablemente escritos, frases contundentes y el dibujo de una sociedad corrupta (Cuánto sabía Hammett de la disimulada trastienda del capitalismo norteamericano) y de quienes se ven atrapados dentro de esta y a la vez intentan marchar en una casi incosciente búsqueda de un mundo más alentador, pero de imposible existencia. Magistral.

lunes, enero 02, 2006

El cine según TVE

"Alejandro Amenábar, con sólo cuatro películas rodadas, se confirma como uno de los grandes del cine" (Telediario de TVE, 31 de diciembre)

" Y Alejandro Amenábar y Jose Luis Garci contrajeron matrimonio y copularon y fueron siete los hijos engendrados: John Ford, Stanley Kubrick, Billy Wilder, Orson Welles, Akira Kurosawa, François Truffaut y Alfred Hitchcock. Y los siete dedicaron sus días al cine, pero en toda su existencia jamás pudieron alcanzar la grandeza de sus padres y maestros"
Biblia del Cine, Versículo 23:44 de Nacionalismus.